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Cosquín

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Cosquín, 01 de Febrero de 2009

Historias de Cosquín y su gente -8

Un corresponsal del portal recorre las calles coscoínas para conocer las distintas historias que se tejen alrededor del festival de folklore más importante del continente.


Rubén Patagonia. 

Sangre patagónica en “La Salamanca”

Por la tarde, mientras buscaba material para la crónica diaria que están leyendo, recibí un folleto muy sencillo que decía “Únicamente en la Salamanca” y debajo sólo un nombre. La noche había cobrado forma sobre el papel y mi destino fue conocer a un cacique del canto y la lucha, Rubén Patagonia.

Cuando llegué a la peña La Salamanca, un centro cultural ubicado en la calle Tucumán 615, casi frente a la plaza mayor del folclore, el clima era tenso y una tenue luz apenas me permitía ver sus paredes de ladrillo a la vista y las pinturas indígenas que de ellas colgaban. La capacidad colmada, unas 400 personas aproximadamente, lo esperaban ansiosas, entre empanadas jujeñas y un locro que salía de la cocina como el pan caliente por las mañanas. Se acercó a mí Julián de La Plata, un joven espectador que llegaba de conocer a su estrella en la combi donde se preparaba antes del show, y me contó la experiencia que sólo un admirador ferviente puede expresar: “Hace años que lo sigo y recién hoy tuve el honor. Este señor es un verdadero, y quizás el ultimo, cantante de protesta que nos quede”.

Eran las tres, cuando la calma de La Salamanca, sin música entre número y número artístico, se rompió con los primeros acordes de una melodía bien Mapuche, que sonaba desde un escenario casi completo con su principal integrante ausente, quien ingresó a la peña cantando entre las mesas y demostrando sus cualidades indiscutibles de front man. Entre canciones, sus mensajes que hablan de la lucha del pueblo originario del Sur, la dura realidad que aún viven y la plegaria por un futuro mejor, conmueven hasta la ovación cerrada al público. “Vine por primera vez aquí en el 80’, y jamás busqué la fama, sólo quiero que conozcan mi mensaje y mi lucha”, sentenció antes hablarnos entre versos de la falta información de los argentinos sobre nuestras culturas precolombinas.

Al salir de la vieja casona de la calle Tucumán, aturdido por su voz y el coraje con que defiende su canto de revolución, decidí concentrarme en el mensaje más contundente que la noche me dejó, por su puesto, a cargo del mítico Rubén: “Argentina es un crisol de razas y culturas pero si hoy preguntamos a un niño como se dice ‘uno’ en inglés no dudaría en contestar.  Si en cambio, le preguntásemos como se dice en lengua mapuche, no lo sabría. Pero no es culpa de él”. Me fui pensativo pero lleno de vida, tarareando la canción que siguió a esa cruda realidad. Hablaba de un abuelo que enseñó a su nieto a contar en idioma originario, sembrando diez piñas de un Pehuén “para que crezcan fuertes y sanos”, como espero crezca entre las montañas del Sur el grito de libertad de nuestros pueblos ancestrales.

Corresponsal: Leandro Montivero (lmontivero@medios.gov.ar)


Crónicas del festival
Antes de las 23 estalló el primer fuego de artificio sobre las miles de personas que llenaban el mítico Próspero Molina y el locutor nos daba la bienvenida a los presentes con el, ya más que clásico, “aquí Cosquín”.
Entré a una peña que me invitó a quedarme hasta que los primeros rayos de luz asomaron por detrás del cerro. En “De la piel al alma”, los murales de artistas plásticos y una dulce sordidez pintaban un ambiente de música underground de la buena.
Un corresponsal del portal recorre las calles coscoínas para conocer las distintas historias que se tejen alrededor del festival de folklore más importante del continente.
La noche entraba en su punto justo cuando decidí recorrer una peña joven en busca de un demonio vestido de mujer. Me habían hablado de ella pero el consejo siempre fue “tenés que verla y después charlamos”.
Cuando por fin pisó tablas, cerca de las cuatro de la mañana, la peña de Reviens -San martín 845- explotaba. Gente parada, sin lugar, esperaba cerca de la puerta intentando, al menos, poder ingresar al segundo piso del local.
En plena madrugada, escuché una banda de pagos bonaerenses, bien de campo adentro. Los Coplaires, de Pasteur, una original propuesta folclórica, me impactaron por su sonido sin estridencias.
Cuando llegué a la peña La Salamanca, un centro cultural ubicado en la calle Tucumán 615, casi frente a la plaza mayor del folclore, el clima era tenso y una tenue luz apenas me permitía ver sus paredes de ladrillo a la vista y las pinturas indígenas que de ellas colgaban.
Las cinco marcaban las agujas del reloj cuando los “Nietos de Gauna” subieron escena. El sonido, quizás no el mejor de la noche de Cosquín, se perdía entre el griterío de la gente que animadamente hacía “la suya”, y los dejaba muy en segundo plano.

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