
Fiambalá ofrece fantásticos paisajes de montaña. Termas, viñedos, dunas y el calor de sus habitantes, no hacen más que mejorar el talante. La última posta antes del espectacular Paso de San Francisco.
Al contemplar la quietud de sus calles de tierra, cualquiera diría que en Fiambalá nunca pasa nada. Pero pasa mucho. Pasa en las montañas de los alrededores, donde la naturaleza reparte termas y horizontes prodigiosos. Pasa en los viñedos, esas plantaciones que embellecen el panorama, y que dan vida a bodegas ganadoras de varios premios internacionales.
Pasa en el contacto con los paisanos, los de alpargata y mano amiga, los que a pesar de los pesares nunca se olvidan del gracias y del por favor. Pegadito a la cordillera, este pueblo sereno engaña al distraído, trayéndole aquellas y otras riquezas. Lo hace a jarro suelto, y en silencio. Sólo hay que aclimatarse a su ritmo y andar un poco para disfrutarlas.
La sencillez, su marca
Desde los bancos de la plaza, la conexión con el espíritu de la comarca es directa. La iglesia, la Municipalidad, la escuela, la policía… la vida anda pegada a la explanada. “Buen día m´hijo”, saluda una señora y su canasta llena de fruta ¿De dónde salió el alimento?, con lo hambrienta que viene la mañana “De aquí a la vueltita nomás, de lo de Don Juan” avisa, ese acento arrastrado, bien catamarqueño, que traen los vientos del norte.
El de Don Juan es un almacén, austero y honrado en proporciones idénticas, como casi todo en Fiambalá. Allí, paredes de adobe, es tiempo de desayuno.
Al frente, los viñedos se posan al sol, tentadores. No hay forma de no arrancar algunas uvas. Las cabras de al lado, lejos están de tirar la primera piedra, y comen los racimos a dentada limpia. En eso sale el dueño “fuera cabra, fuera. Será de Dios, que me van a comer toda la cosecha estas desgraciadas”.
La imagen se repite cada día. Muestra gratis del latir local.
Detrás de la vid, un pilar de la economía regional, la montaña se despliega al infinito. Un cordón precordillerano que asume la importancia de su papel, embelleciendo los departamentos Tinogasta y Allende.
Absorto tras su estela va el viajero, que camina y camina. Al llegar a los límites del plano, los signos de civilización se erosionan. Es el desierto quien toma la posta, con camino de polvo y enormes dunas de arena escoltando. Al fondo, los cerros y su majestuosidad reclaman el protagonismo que nadie, nunca, ni en broma, dudó en cuestionar.
Unos 15 kilómetros de bucólicas perspectivas nos depositan arriba, en el complejo termal. 14 piletones escondidos en la grieta de la montaña, para deleitarse el año entero, de día y de noche. Desde los 50 hasta los 30 grados de temperatura, convidan al rélax, con alojamientos y restaurantes brindando el resto de los servicios. Sin embargo, el complemento indispensable lo corporizan las vistas. Nada como recibir el calor del agua y dejarse enamorar por los alrededores, de valle y sierra. El allá ancho, generoso, y encantador.
Rumbo a San Francisco
Fiambalá es el último centro de servicios antes del Paso de San Francisco (150 kilómetros), uno de los tesoros mejor conservados de la cordillera. Puesto fronterizo que no sólo conecta con Chile, sino también con los paisajes más deslumbrantes de la región. Para llegar a su seno, hay que tomar rumbo oeste, hasta encontrarse con la Ruta Nacional 60. El asfalto es un tapiz, lo que facilita el paseo. Tránsito casi nulo. Ahora mismo, esos atavíos de soledad son los que mejor nos sientan.
La primera parte del recorrido discurre entre quebradas, con paredones montañosos invadiendo el camino. Los ríos Guanchín y Chaschuil comentan lo lindo que está todo, pasando cerquita. Su murmullo se vuelve estrépito entre tanto silencio junto.
Después, el escenario muda de ropas y se abre completamente. La postal es fantástica: cerros que parecen de arena pintada se extienden por doquier, dejando entre ellos y los que miran, la llanura. El cuadro adquiere tintes surrealistas. Los ranchos perdidos y las pocas llamas dicen que hay gente, si, que vive por acá.
Sin darnos cuenta, subimos al cielo. En Paso de San Francisco está ubicado a 4.500 metros de altura, y las piernas tiemblan. Ni le hacemos caso al mareo, porque las cúspides nevadas, conjugadas con lo ya expuesto, no dejan lugar para otra cosa. Se ven los Seismiles, una cadena dueña de 14 picos que superan los seis mil metros. Destaca el Ojos del Salado (6.891 metros), considerado el volcán más alto del mundo y la segunda montaña más alta de América (sólo superada por el Aconcagua).
Tras el delirio y otros menesteres, nos vamos de Fiambalá. Al final, sí que pasan cosas en el pueblo. Pasa mucho.
Las impresionantes dunas catamarqueñas
En los alrededores de Fiambalá, la arena marca presencia. Hasta en la misma ruta se puede apreciar su influencia. Un polvillo pálido se esparce por el asfalto, continuando la huella hacia los laterales. Salvo por los cerros que cubren el horizonte, el paisaje es desértico. Apenas algún arbusto perdido. Y en eso, las dunas.
Estos gigantescos montículos son un verdadero espectáculo a los ojos. Nacen a partir de la fuerza que ejercen los vientos sobre las rocas, que provocan la erosión de las mismas y su posterior transformación en polvo. La lógica hace el resto. Con siglos y siglos de insistencia, el fenómeno ha convertido al oeste de Catamarca en un vergel de colinas de arena. Por su tamaño, varias de ellas configuran un atractivo turístico en símismo, lo que lentamente acrecienta la fama de los pueblos que las acogen.
Ejemplo de ello es Saujil. A tan sólo 15 kilómetros al norte de Fiambalá, la diminuta comarca alberga dunas de una magnitud asombrosa. La visita no queda en observación, y los pocos visitantes que hasta allí se llegan disfrutan lanzándose desde su cima. Con tablas de Sandboard (el equivalente al Snowboard en la arena) o a puro rodar, la diversión está garantizada.
Hay que subir hasta arriba, sentir el viento en la cara, y observar a lo lejos para caer en cuenta de la altura alcanzada. Lo mullido del terreno, no obstante, aplaca cualquier temor ante la caída. Otra localidad generosa en dunas es Tatón, a 30 kilómetros de Saujil. En cualquiera de las dos, sorprenderse es parte inevitable de la experiencia.
Fuente: Los Andes