
El fotógrafo Becquer Casaballe estuvo navegando por los mares más australes del planeta. Estas son algunas de sus fotos y la crónica de lo que vivió.
Durante un mes a bordo del rompehielos ARA Almirante Irizar, el autor estuvo navegando por los mares más australes del planeta superando el Círculo Polar Antártico, cosechando anécdotas y viviendo momentos imborrables. Estas son algunas de sus fotos y la crónica de lo que vivió en aquella inmensidad de hielos.
Entre las sombras de anochecer fueguino, el rompehielos Almirante Irízar se desliza por el Canal Beagle. Ha zarpado al caer el sol desde el Puerto de Ushuaia para iniciar la segunda fase de la Campaña Antártica 2006-07 que deberá llevarlo hasta la base Belgrano II, más allá del Circulo Polar Antártico, a los 77,5° de latitud Sur, región de hielos eternos y costas desconocidas.
Ya es noche cerrada. En el Puente de Comando, el Capitán de Fragata Guillermo Tarapow, los oficiales de guardia, el timonel y su ayudante, los vigías, recorren con la mirada cada detalle de la costa para determinar la posición empleando los girocompases, navegador satelital y un sofisticado radar anticolisión.
Al día siguiente, estando ya en el Estrecho de Le Maire, el viento cálido del Norte levanta una bruma que oculta a la Isla Grande de Tierra del Fuego y apenas deja ver la silueta de Isla de los Estados por la amura de estribor. A lo lejos, nos cruzamos con el Queen Elizabeth II, que navega a la pavorosa velocidad de 29 nudos (*)
Shetland del Sur
Gracias a que el Pasaje de Drake se ha portado de manera infrecuente, con una onda de mar suave y tendida, hemos llegado enteros a las Shetland, el archipiélago que se prolonga paralelo a la Península Antártica y de la cual está separado por el Mar de la Flota (Bransfield Strait).
La siguiente recalada fue en Caleta Potter, en isla 25 de Mayo, donde está la base Jubany en un paisaje dominado por el cerro Tres Hermanos y un extenso glaciar. En todas las bases el procedimiento es parecido: en la primera “oleada” se transporta al denominado Grupo Playa, responsable de organizar y ejecutar desde tierra el trabajo. Es una de tareas muy ardua en condiciones climáticas extremas.
Los materiales son cargados desde las bodegas con chinguillos, la clásica red para cargas a granel que ha desaparecido del paisaje de los puertos desde la irrupción del contenedor; después los helicópteros la desembarcan en las bases o son llevadas en las lanchas. De regreso, traen la basura: nada de lo que se deshecha queda en el terreno. La protección del medio ambiente es una de las prioridades de toda operación antártica.
Islas Orcadas del Sur
Se dice que a nadie le pertenece realmente un lugar hasta que no tiene un muerto a quien recordar enterrado bajo sus pies. En Orcadas del Sur, un modesto cementerio de cruces blancas es fiel testimonio de buena parte de una historia de sacrificios y de logros.
El archipiélago de Orcadas, cuyas islas principales son Laurie, Montura, Coronación, Signey, Larsen e Inaccesibles, se encuentra a 600 millas náuticas al Sudeste de Isla de los Estados.
En Isla Laurie está la primera base permanente de la Antártida y pertenece a la Argentina, creada el 22 de febrero de 1904. Durante tres décadas fue la única, lo que le otorga al país legítimos pergaminos para considerar esas playas, montañas y glaciales como parte de su territorio.
Es un pequeño Paraíso antártico, con una rica fauna de gaviotines, petreles, pingüinos, gaviotas antárticas, skuas y lobos de dos pieles. La base de Argentina posee una compleja estructura para el desarrollo de las diversas actividades que realizan científicos de la Dirección Nacional del Antártico – Instituto Antártico Argentino.
También ha marcado varios hitos: se estableció en 1904, la primera Estafeta de Correos antártica; en 1927 comenzó a funcionar la primera estación de radiotelegrafía; seis años más tarde, cuando la Armada realizó el relevamiento de la dotación, llevó el primer contingente de turistas y, en 1940, se realizó desde Isla Laurie la primera transmisión radial que enlazó con la localidad bonaerense de Lanús.
Capear el hielo
Todo marino de la vieja escuela enseñaba que al mar no se lo debe desafiar. Con los hielos sucede algo parecido, no se debe ir contra el hielo sino trabajar con él.
Llevar un buque de 14.000 toneladas y casi 120 m de eslora por mares congelados requiere del más sutil arte de navegar. Se necesita de experiencia pero también de una gran sensibilidad, de ese buen “olfato” que permite percibir el diferente aroma de un hielo cuando es demasiado duro para el acero de la roda.
Mapas satelitales son consultados a diario y en él se va marcando la derrota del buque, día a día, momento a momento. A bordo está la glacióloga Beatriz Lorenzo, y el Capitán de Navío (RE) Vicente Federici, veterano de más de veinte campañas antárticas, quienes dan su asesoramiento.
El agua del mar suele estar en 1,5° bajo cero, a veces un poco más y recién comienza a congelarse a los 2° bajo cero. Los “hielos jóvenes”, de un año o algo más de antigüedad, pueden ser embestidos puesto que se parten sin un lamento. Es muy distinto con los hielos viejos, endurecidos por la constante presión de los bandejones, y con los inmensos témpanos desprendidos de las barreras que pueden tener 30 o más metros de altura.
Cuando el Irizar finalmente embica en la costa de mar congelado, a una distancia de 13 millas náuticas del nunatak donde se encuentra la Base Belgrano II, que es apenas un punto en la ladera de un gran cerro blanco e impoluto en proximidad de los 77º 52 Sur, Long. 34º 37’ W, se puede decir que los hombres han hecho bien su trabajo.