
La posibilidad de observar fauna autóctona en su hábitat natural es uno de los encantos más exclusivos de Argentina.
La variedad incluye centenares de especies de aves, cetáceos gigantes como la ballena franca austral y la orca en Puerto Madryn, o el exótico pingüino penacho amarillo, ese simpático liliputiense de andar chaplinesco que en todo el continente americano sólo se puede ver en la pequeña colonia de la Isla Pingüino cerca de Puerto Deseado (Santa Cruz). Pero si la idea es ver pingüinos magallánicos por millares consagrados al cuidado de sus pichones, hay numerosas reservas a lo largo de la costa patagónica. La más famosa de ellas es Punta Tombo, en la provincia de Chubut, que alcanza su punto máximo a comienzos noviembre cuando nacen los pichones, poblándose con cerca de un millón pingüinos. Al acercarse a la pingüinera de Punta Tombo el viajero oye el ensordecedor “trompeteo” de los graznidos de estos “enanitos vestidos de frac”, que brotan de unos 600 mil pequeños “cráteres” en la tierra. En cada uno anida una pareja de pingüinos, y desde muy cerca se pueden observar las delicias de la vida conyugal de esas aves que no vuelan pero nadan a 80 metros de profundidad, y forman parejas monógama para toda la vida.
En el centro norte del país –en la provincia de Corrientes--, los Esteros del Iberá son el otro polo turístico de observación de fauna, en el marco del segundo humedal más grande del continente, detrás del Pantanal brasilero. En ese gran ecosistema de 13.000 kilómetros cuadrados --que encierra un entramado de ríos, arroyos, lagunas y esteros casi vírgenes--, habitan 44 especies de mamíferos, 345 variedades de aves, 40 de anfibios, 59 de reptiles y al menos 130 de peces. Esto lo convierte en una de las áreas con mayor biodiversidad del continente, donde la presencia más impactante para los viajeros es la del yacaré, una especie de caimán que alcanza los dos metros de largo. A algunos se los ve sumergidos como asesinos al acecho, y se los descubre a un metro de la lancha, con los ojos apenas sobresaliendo del agua. Pero la mayoría se ven a simple vista, por centenares, asolándose en las orillas.