Por Julián Varsavsky.
Segundos antes del alba, el primer rayo del sol enciende de rojo un cerro en la lejanía. Estamos ingresando al Parque Nacional Sierra de las Quijadas –provincia de San Luis-, por un camino de ripio que se interna en un desierto con manchones verdes que le dan contraste al monótono paisaje. El aroma penetrante de la jarilla se cuela por la ventanilla de la camioneta y un viento sonda levanta un pequeño remolino de polvo rojo, creando un ambiente que nos remonta al tiempo en que los hombres aun no habían aparecido sobre la faz de la tierra. Hasta que una liebre que pasa como un rayo al costado del camino y nos regresa a la realidad de hoy.
Cómo llegar:
El parque está ubicado 116 kilómetros al noroeste de San Luis capital. Se llega por la Ruta Nacional 147 hasta el pueblo de Hualtarán (allí están las oficinas de la Administración de Parques Nacionales donde es obligatorio registrarse).
Clima:
El parque se puede visitar todo el año, pero en verano hay que evitar el mediodía. En invierno suele helar por las noches y durante el día el sol es muy agradable. Casi nunca llueve y tampoco suele haber nubes, ideal para la foto.
Luego de recorrer 6 km abandonamos el vehículo para caminar un rato. Y tras una lomada aparece el punto culminante de este viaje: el valle del Potrero de la Aguada. Desde un mirador natural observamos esa gran depresión del terreno rodeada por los farallones de una gran muralla roja, casi tan majestuosa como aquella de Oriente. Dentro de ella parecen erigirse los restos de un vasto imperio desmoronado, del cual quedan los cimientos de su castillo y sus torres, que le dan un aire a fortaleza de adobe.
Abajo, en el centro de esa gran hoyada de 4500 hectáreas, se despliega un cambiante laberinto delimitado por unos acantilados de 250 metros de altura. Un intrincado dédalo de grietas, galerías sin salida y sinuosos cursos secos de agua, se desarrolla al arbitrio de las lluvias y el viento con la complejidad de un mandala. Esta formación se creó hace 120 millones de años y por su centro corre un arroyito milenario.
Alojamiento:
En el Parque Nacional se puede acampar con previo aviso al guardaparque. Si se busca más comodidad lo ideal es llegar a San Luis o a Villa Mercedes, ciudades con numerosa oferta de alojamiento, donde hoteles, cabañas y hosterías.
Excursiones:
Los circuitos son el Superior (10'), Los Miradores (1 hs.), La Huella del Dinosaurio (2 hs. y 30’), y Los Farallones (4 hs. y 30’). Los dos últimos sólo se hacen con un guía. El esfuerzo vale la pena: se avanza por un cañón de 250 m. de alto que se va cerrando hasta achicarse como una grieta. Las excursiones se pueden contratar en la ciudad o antes de entrar al parque, en “Parador Las Quijadas”.
Gastronomía:
El plato que no se debe dejar de probar es el chivito asado en horno de barro, además de empanadas y tamales de maíz. Los zapallos en almíbar y los dulces de membrillo están entre los mejores del país. Se puede comer en la entrada, en el Parador Las Quijadas. Dentro del parque sólo hay baños y una zona de acampe. Por eso hay que proveerse de lo que se vaya a consumir, especialmente bebidas.
La huella del dinosaurio
Uno de los lugares más asombrosos del parque está el borde de un acantilado, donde el caminante se topa con una gran huella petrificada de dinosaurio. La experiencia es un poco impresionante, porque no se trata de una huella borrosa sino de un molde perfectamente definido en el terreno, con una profundidad de cinco centímetros. Como sí se la hubiese impreso ayer, se notan las cuatro pesuñas de la pata de un saurópodo de cola larga, una especie cuadrúpeda y herbívora que fue la de mayor tamaño en la zona.
La visita al Parque Nacional Sierra de las Quijadas es una suerte de viaje al inicio de los tiempos. En este desolado paraje de 150.000 hectáreas, donde pareciera que en cualquier momento va a aparecer volando un grupo de pterodáctilos, se teje y desteje una infinita trama de castillos de arena esculpidos por el viento. Un frágil mundo de borrosas esculturas que pueden desaparecer a la mañana siguiente se desarrolla en aparente inmovilidad, desde hace millones de años. Y allí donde descansa un lagarto somnoliento, alguna vez caminaron los enormes dinosaurios, dejando hasta hoy la huella de sus pisadas, más imborrables que ellos mismos.