Por Julián Varsavsky.
El auto se desliza con suavidad por una recta de asfalto que se desenrolla como una lengua de camaleón, rasgando por la mitad una árida altiplanicie de pastos ralos. La recta traspasa el alcance de la mirada con sus dos rayas paralelas que parecen encontrarse en un inalcanzable punto lejano. Y al fondo, un misterioso espejismo dibuja un charco rojo que es el reflejo de una montaña con sus minerales al desnudo, en este caso cobre oxidado.
Vamos rumbo a Los Seismiles, el ilustrativo nombre de este circuito rutero del noroeste de Catamarca, que avanza entre descomunales volcanes de más de seis mil metros y culmina en el Paso San Francisco.
Al recorrer este fragmento de 197 km asfaltados de la Ruta Nacional 60 se atraviesa la parte baja de un gran valle con 19 volcanes que se suceden uno tras otro con su forma cónica de bonete trunco. Y a sus pies se distinguen las coladas basálticas con las que los volcanes vaciaron por completo su contenido, derramándolo por el valle como ríos de lava convertidos en negruscos escoriales.
Cómo llegar:
Desde Buenos Aires hay micros coche-cama hasta San Fernando de Catamarca que tardan 13 horas. Desde la capital catamarqueña se pueden contratar servicios especiales de transporte o también llegar en micro hasta los pueblos de Fiambalá o Tinogasta, que sirven de base para visitar Los Seismiles.
Clima:
Como todo lugar de altura, el paseo de Los Seismiles es frío y ventoso, incluso en verano. Y en invierno es muy frío. La altura se hace sentir, así que hay que comer liviano, subir de a poco y evitar el esfuerzo físico.
Hace algún tiempo –unos 80 millones de años atrás- este pacífico lugar era un infierno de volcanes en erupción mientras surgía desde el fondo del océano la Cordillera de los Andes. Hoy en día, sin embargo, una nutrida fauna le otorga inusitada vida a la zona. Como por ejemplo aquel medio centenar de flamencos que pacían como petrificados con las patas sumergidas en un espejo de agua. Y que al acercarnos remontaron vuelo para desaparecer aleteando tras una serranía como una nube rosada, dejando detrás un ambiente de colorida desolación que es la esencia misma de este lugar.
Paso a paso
El paseo por Los Seismiles es una relajada excursión que se puede hacer con vehículo común desde los pueblos de Fiambalá o Tinogasta. Un día entero sobra para ir y volver disfrutando del paisaje sin premura, e incluso darse un chapuzón en una terma que hay junto a la ruta o en las más tradicionales termas de Fiambalá.
El circuito comienza 50 km al oeste de Fiambalá por la ruta que lleva a Chile. Si bien se parte desde los 1550 metros de altura y se llega a los 4726 metros, la pendiente es muy suave y los autos no son exigidos en lo más mínimo.
Los primeros 45 minutos son sinuosos pero sin precipicios a los costados sino largas planicies que se extienden hasta el pie de los volcanes. En el trayecto no pasamos por un solo caserío ni pueblo, sino por parajes desolados como aquel de nombre Guanchín, donde están los restos arqueológicos de un poblado diaguita que estuvo habitado entre 700 y 800 años atrás.
En la primera parte del trayecto el paisaje es muy árido, aunque se levantan todavía algunos algarrobos solitarios y arbustos como la retama y la jarilla. A la derecha de la ruta corre el río Guanchín, alimentado por los deshielos cordilleranos. Y en La Angostura alcanzamos los 2000 metros, así que desaparecen todos los árboles. Las montañas son cada vez más variopintas, unas cubiertas de arenisca roja del Paleozoico –280 millones de años- y otras muy oscuras por la magnetita oxidada del Ordovícico, todas sin el más mínimo arbusto. A la distancia los cerros parecen cubiertos por un degradé aterciopelado que alegra la desolación de este gran cementerio geológico.
A los 3000 metros llegamos al Valle de Chaschuil, donde comienza a faltar un poco el oxigeno y la vegetación se reduce a su mínima expresión, con algunos pastos duros como el coirón que se levantan unos centímetros del suelo como barbas invertidas.
Alojamiento:
En el pueblo de Tinogasta dos lugares recomendables son el Hostal de Adobe Casagrande (www.casagrandetour.com) y la Hostería A Los Seismiles (www.alosseismiles.com.ar). En el pueblo de Fiambalá se puede dormir en las Cabañas Umbral de la luna, equipadas con cocina y vajilla (Tel.: 03837-496056).
Excursiones:
El paseo por el circuito troncal de Los Seismiles se puede hacer con auto común y de manera autoguiada durante todo el año. Si no se dispone de auto propio se puede contratar la excursión en alguna agencia de Fiambalá o simplemente contratar un remís. Para ir al Mirador del Pissis hay llevar un guía porque es fácil perderse.
Gastronomía:
En Tinogasta un lugar muy tradicional es la parrilla Los Pereyra, que los fines de semana se llena con gente del pueblo que va a comer y bailar folclore sobre un piso de tierra. Las empanadas son excelentes y se puede comer un asado o un locro “pulsudo”, que significa muy completo, con todos sus ingredientes. Tel. 03837-15478996 .
Las montañas más altas siguen sin aparecer, pero al norte ya se divisa el volcán Inca Huasi (6640 metros), que es el primero de Los Seismiles, al cual no perderemos de vista en todo el viaje. Estamos a mitad del recorrido y a la derecha se ve la cordillera de San Buenaventura, el límite austral de La Puna.
El paisaje es cada vez más desértico y cada tanto se cruzan en la ruta burros salvajes y aparecen lagunas con gallaretas, patos cordilleranos y más flamencos. Las montañas y volcanes mayores comienzan a verse en el paraje Casadero Grande (3600 metros), donde suelen acampar algunos de los centenares de escaladores que llegan cada año a la zona desde todo el mundo, para escalar las cimas de Los Seismiles.
En el horizonte aparece el Ojo del Salado, que con sus 6864 metros es el volcán activo más alto del mundo. Y desperdigados en el horizonte se yerguen los volcanes Walter Penk, Nacimiento y Aguas Calientes.
En el paraje La Gruta, a 4100 metros, hay un campamento de Vialidad Nacional y están las oficinas de migraciones donde se tramita el cruce a Chile, desde donde hay 21 km hasta el Paso San Francisco. El hito limítrofe está a 4726 metros, y pasado ese límite se puede seguir unos kilómetros más hasta la Laguna Verde chilena y pegar la vuelta, o seguir 280 km no pavimentados hasta la ciudad chilena de Copiapó –famosa por sus playas- y luego continuar hacia el Desierto de Atacama. Pero ese ya es otro viaje.
El viaje a Los Seismiles termina con sensaciones encontradas. Por momentos hay un ambiente con reminiscencias del paraíso, especialmente cuando nos topamos con las lagunas color turquesa llenas de coloridas aves. Y en otros lugares parece que atravesamos los restos de un remoto Apocalipsis de fuego, de cuando la tierra era una gran bola de magma burbujeante. De aquel tiempo quedan enormes cráteres calcinados, cerros de basalto, arenales negros y coladas de lava. Por eso Los Seismiles son algo así como el núcleo de un infierno extinguido hace millones de años, donde por contraste reina la paz más absoluta del universo.
Imperdibles de Los Seismiles
El Mirador del Pissis
A la excursión clásica de Los Seismiles se le puede agregar una alternativa fuera de ruta, tomando un desvío de tierra que nace pasando el Paraje Pastor Largo. Esta excursión hasta el espectacular Mirador del Pissis requiere de un día extra y una camioneta 4x4. Este mirador ofrece una panorámica asombrosa de un sistema de lagunas llamadas Azul, Negra, Verde y Aparejos.
Encajonadas en un cerrado valle –a 12 km de Fiambalá-, las aguas de vertiente de las Termas de Fiambalá atraen durante todo el año a millares de personas que se sumergen en sus catorce piletones de agua mineralizada a diferentes temperaturas. Las aguas están sulfatadas, silicatadas, alcalinizadas, bicarbonatadas y cloruradas, y tienen propiedades relajantes, descontracturantes y anti-inflamatorias