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01.10.2014 | 07:10 ( GMT -3 )

16.01.2013

Inversión extranjera en la Argentina: mitos y realidades

Aunque se repite que la Argentina espanta a inversiones extranjeros, los números muestran una realidad diferente. Pero, ¿qué significa realmente la inversión extranjera para un país? Los estudios que demuestran que, a diferencia de lo que muchos repiten, no asegura desarrollo económico en forma directa.

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Mitos y verdades de la inversión extranjera.

Según la Real Academia de la Lengua Española, un mito es una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad”. Los argentinos, desde hace muchos años, escuchamos una narración maravillosa que asegura que para que el país crezca y mejore necesita, imperiosamente, de inversión extranjera. Los inversores serían, si aceptáramos esta propuesta, dioses o héroes que beneficiarían la economía del país con su dinero. ¿Podemos afirmar que la inversión extranjera directa (IED), es el camino para un desarrollo económico sustentable, como lo afirman algunos economistas? Incluso más, ¿podemos asegurar que ese tipo flujo de divisas es inexistente en nuestro país?
 
Los dichos y los números
En junio de 2012 la cancillería argentina difundió un informe en el que detallan números actuales sobre la IED.

Inversión Extranjera Directa (IED) en la Argentina from mrecicarg

Según el informe del Ministerio de Relaciones Exteriores, en base a datos de la OCDE  y de la CEPAL, entre 2003 y 2010 la Argentina superó los promedios de las últimas tres décadas en inversiones en nuevos proyectos, especialmente los relacionados con alta intensidad tecnológica. Según la CEPAL, el 51 % de la IED recibida en la Argentina en 2010 presentaba intensidad tecnológica media y alta; frente al 36% en Brasil; el 32% en Colombia y el 3% en Chile.

De acuerdo con la misma presentación, la IED que llega al país se distribuye en forma equilibrada entre los principales sectores de la economía: recursos naturales, manufacturas y servicios. Entre 2005 y 2010, entre un 38 y un 40% de lo llegado a Brasil y la Argentina se orientó al sector de manufacturas. En Colombia fue del 22 y en Chile del 5%.

Los números contradicen las afirmaciones de quienes aseguran que el país no recibe inversión extranjera. La Argentina ha sido, en el período 2003 - 2011, uno de los seis principales receptores de IED entre 17 economías; con ingresos algo inferiores a los recibidos por México y Chile, y similares a los de Colombia y Perú. De hecho, en el primer semestre de 2012 la IED en nuestro país fue un 42% superior a del primer semestre de 2011, mientras que en Brasil –principal receptor en los últimos años– la diferencia en el mismo período fue de un 2% negativo.
 
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Las cifras derriban el primer mito, el que aseguraba que en la Argentina no hay inversión extranjera.  ¿Podemos afirmar ahora que la IED siempre es positiva? Economistas y sociólogos de diversas instituciones y países reconocen que, en sí misma, la inversión extranjera directa no asegura crecimiento, ni desarrollo económico, ni generación de mayor actividad local.
El sociólogo estadounidense James Petras escribió en 2005 un artículo en el que presenta varias falacias alrededor de la IED, especialmente en América Latina. Postula:
  • Es mentira que la inversión extranjera cree nuevas empresas, ganancias o expansión de los mercados. “La mayoría de esta inversión va dirigida a comprar empresas públicas y empresas privadas, lo que resulta en la adquisición de mercados ya existentes”, afirma. Para Petras, “en lugar de complementar el capital local público o privado, la inversión extranjera «empuja fuera» al capital local y a la iniciativa pública y mina los emergentes centros de investigación tecnológica”.
  • Los sectores que más IED han recibido en América Latina son aquellos que generan menor valor añadido. Por ejemplo, las empresas que “acaparan lucrativos recursos minerales y los exportan con poco o ningún valor añadido”. “La extracción de materias primas se hace con capital intensivo que emplea pocos trabajadores –remarca–. La fabricación y procesado emplea más mano de obra intensiva y crea más empleos”.
  • En muchas oportunidades, la inversión extranjera se concreta a través de préstamos a extranjeros de ahorros nacionales para la compra de empresas locales o inversiones financieras. Muchas empresas internacionales realizan estas compras a través de préstamos obtenidos en bancos locales, que tienen como respaldo el dinero de los ahorristas del país en el que se supone van a invertir. Esta realidad pone en duda la idea instalada de que los inversores extranjeros traen “capital fresco” a un país.
  • En otros tantos casos, la inversión extranjera está más cerca de la “relocalización” que de otra realidad. Es decir, compañías que buscan instalar sus fábricas en nuevos destinos no para actualizar tecnología, mejorar sus productos o generar proyectos a largo plazo, sino para abaratar costos a través de mano de obra más económica, o llegar a nuevos mercados.
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Según un una publicación realizada en agosto de este año por AEDA, la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina –integrada por más de 200 economistas, sociólogos y polítologos–; “el incremento de las Inversiones Extranjeras Directas en América Latina no ha producido un aumento en la inversión local en los últimos 30 años”.

El responsable del relevamiento –Gabriel Palma, profesor de la Universidad de Cambridge– asegura que desde los bonos Brady hasta la actualidad entraron a América Latina 1.8 trillones de dólares. “A la IED se la trata como si fuera la Madre Teresa de la economía", afirma Palma, para quien sin embargo, en Latinoamérica no implicó un aumento de la inversión local. Por supuesto, parte de la de los dineros que llegaron en las últimas décadas fueron para las famosas privatizaciones. “Llegaron a comprar lo que ya existía, pero después siguieron funcionando como antes", opina Palma. Esto explica que los números de la IED de la década de 1990 sean claramente superiores a los posteriores a 2000: en esa época se consideró inversión extranjera directa la venta de las grandes empresas –las “joyas de la abuela”, como las llamó el periodismo–. Los economistas coinciden en que la IED del siglo XXI es en definitiva más genuina que la de la década anterior.

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La IED es sin dudas una realidad en los tiempos de la economía globalizada, sin embargo; como se ha planteado, su existencia no asegura de por sí crecimiento económico para el país que la recibe. Variables como el destino de esta inversión, el comportamiento de las empresas inversoras y las decisiones políticas y económicas de los Estados a los que llegan se evidencian como centrales para analizar la complejidad de una economía en la que los flujos de dinero se mueven por todo el mundo, con objetivos completamente diferentes.

Petras es tajante: “No es sorprendente que ninguno de los primeros países desarrollados, antes o después, hayan puesto la inversión extranjera en su esquema de desarrollo. Ni Estados Unidos, Alemania o Japón en los siglos XIX y XX, ni Rusia, China, Corea o Taiwán en el XX dependieron de la inversión extranjera para hacer crecer sus instituciones industriales y financieras”, remarca.

Similar es el punto de vista de los economistas Manuel Agosin y Ricardo Mayer, del Departamento de Economía de la Universidad de Chile, quienes en el informe "Foreign investment in developing countries: "¿Does it crowd in domestic investment?" analizaron si las empresas extranjeras generan inversión nacional, si “corren” a empresas locales o si se quedan con sus oportunidades de inversión. "Buena parte de la IED no llega nunca a convertirse en inversión en el sentido real: las fusiones y adquisiciones son meras transferencias de propiedad de los bienes existentes que pasan de las compañías nacionales a manos de las extranjeras", afirma el informe.

“La creencia instalada en la mayoría de los países en desarrollo de que la IED siempre es buena para el progreso de un país y que una política liberal respecto de las transnacionales alcanza para garantizar un efecto positivo, no tiene sustento en los datos de la realidad", opinaron los investigadores.

La opinión de Petras es clara: los países en desarrollo deben “aumentar al máximo la propiedad nacional y la inversión de recursos financieros locales, las capacidades y expandir y ahondar mercados locales y extranjeros a través de una economía diversificada”.

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Otra de las definiciones de la Real Acedemia de la Lengua Española sobre la palabra “mito” es: “Persona o cosa a la que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carece”. La primera ficción alrededor de la IED en la Argentina ha caído: existe, está consolidada y en crecimiento. La segunda, también: su existencia, sin políticas de Estado y sin ser vista como uno entre los múltiples aspectos de la economía, no asegura cualidad ni excelencia, ni equivale a ayuda divina de dioses o héroes.

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